Nacionalismo y fervor patriótico son sentimientos que limitan el alma y el corazón de un hombre que nació para ser libre y vivir en libertad. Cuántas veces la vida me ha mostrado momentos en los que he querido ser argentino, indio, italiano, canadiense, japonés. En el día de ayer caída la tarde, les confieso que eché a un lado tales limitaciones porque más que nunca quise ser uruguayo, estar en plena rambla, con el atardecer acariciando mis espaldas, festejando bajo la lluvia la victoria del Frente. Nuestros hermanos orientales le están dando una lección a todas las naciones de que se puede echar para adelante un proyecto donde converja el interés no de unos cuantos, sino de la mayoría, de cómo se ejecuta el contrato de delegación que el ciudadano le confiere al gobernante por medio del voto.
La continuidad del proyecto que desde hace cinco años comanda en el Uruguay el doctor Tabaré Vásquez encuentra su merecida continuidad en la victoria de don Pepe Mujica. Qué gustazo ver llegar al poder a un conjunto de ciudadanos que fueron torturados, encarcelados, oprimidos, pero quienes en ninguna de aquellas circunstancias renunciaron a sus convicciones, ni sucumbieron ante la podredumbre de una clase política cómplice de lo peor, sino más bien mantuvieron siempre sus ideales de una República Oriental del Uruguay concebida para todos.