He tomado la costumbre en este espacio de entregarles unas cuantas líneas panegíricas a personas especiales que de algún modo han marcado mi vida. En esta ocasión lleno de tristeza le escribo a mi querido don José a quien descubrí gracias a mi viejo, que un día hace muchos años me prestó El Evangelio Según Jesucristo. Desde esa ocasión su prosa cargada de densidad me transportó a los lugares más profundos de mi sesera, a través de ella y sus interrogantes profanas, les confieso, me han ido ensañando la conjugación y ejecución de un verbo que poco a poco va perdiendo valor en estos tiempos, pensar.
Portugués de pura cepa, supo siempre transmitirnos por diferentes medios el derecho del ser humano a reivindicar las necesidades esenciales de la existencia, esas, que se orientan más en dirección hacia aspectos tan elementales como trabajar, comer, amar, luchar y menos hacia otras que hemos asumido como prioridades del diario vivir como aparentar, engañar, presumir o simplemente poseer.
Tuve la dicha de conocerle personalmente cuando visitó el país promocionando La Caverna. En la conferencia que dio, pude descubrir que el personaje era tal cual se expresaba en toda su obra, una especie de abuelo que regala sus experiencias a quienes comenzamos a andar, advirtiéndonos eso sí, que el mundo, como está no se debe aguantar más, porque nos estamos devorando unos con otros con total y tranquila normalidad.
El legado más grade que me deja, no es sólo su obra, premiada hasta lo magnífico, sino el haberme ensañado con su vida de comunista, ateo, beligerante e insurgente intelectual que el pluralismo es la base de una convivencia social posible.
La nostalgia se me desborda con los recuerdos de tantas noches leyendo sus libros, su blog, hablándole a todo el mundo de su última novela, escribiendo o esforzándome por aprender a pensar. La muerte duele, no sé si al muerto, pero mucho al vivo. Buen viaje don José.