A comienzo de año vamos afinando
las metas que deseamos cumplir. Para un viajero, construir su lista de destinos
es una tarea de motivación constante y, dentro de esos nombres, salvo un caso
especial, difícilmente aparezca Nueva Orleáns. En mi caso ha sido así, en mi
lista puse a groso modo regresar al Perú, irme con mamá a Europa. Hasta que dos
amigos, de esos que la vida te hace llamarlos hermanos, se aparecieron en mi
oficina para decirme que en abril se iban para allá. No lo pensé dos veces, la
fecha, el coro y las historias que pudieran escribirse al lado de estos seres
entrañables me hicieron decirles de inmediato, anótenme que me voy con ustedes.
Y la ciudad no defraudó, fueron cuatro días espectaculares. Nueva Orleáns tiene
una energía impresionante, es la mezcla de muchas historias que se conjugan
para brindarnos un presente a ritmo de blues y de jazz, que cada noche se toca
y se siente en vivo en cada rincón.
Quedé fascinado como esta ciudad al sur del imperio, se resiste a los
embates de la transculturación estadounidense, a fuerza de una identidad
envidiable que pudimos disfrutar a través de su gente, encantadora; de su
cocina, deliciosa, donde los sabores criollos afroamericanos, latinos y los
mariscos, se entremezclan para hacernos delirar, todo, radicalmente opuesto al
dispárate deconstructivo de la gastronomía de la famosa comida basura. Besando
ambas riveras del Río Mississippi, la ciudad conserva el urbanismo
arquitectónico de los tiempos de la colonia, el Barrio Francés y Garden
District son un ejemplo de que esos legados victorianos de antaño pueden
cohabitar junto a los avasallantes rascacielos. Es un lugar donde se la pasa
muy bien, en el que si la vida me deja, volvería otra vez.
lunes, 29 de abril de 2013
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