lunes, 29 de abril de 2013

Nueva Orleáns


A comienzo de año vamos afinando las metas que deseamos cumplir. Para un viajero, construir su lista de destinos es una tarea de motivación constante y, dentro de esos nombres, salvo un caso especial, difícilmente aparezca Nueva Orleáns. En mi caso ha sido así, en mi lista puse a groso modo regresar al Perú, irme con mamá a Europa. Hasta que dos amigos, de esos que la vida te hace llamarlos hermanos, se aparecieron en mi oficina para decirme que en abril se iban para allá. No lo pensé dos veces, la fecha, el coro y las historias que pudieran escribirse al lado de estos seres entrañables me hicieron decirles de inmediato, anótenme que me voy con ustedes. Y la ciudad no defraudó, fueron cuatro días espectaculares. Nueva Orleáns tiene una energía impresionante, es la mezcla de muchas historias que se conjugan para brindarnos un presente a ritmo de blues y de jazz, que cada noche se toca y se siente en vivo en cada rincón.  Quedé fascinado como esta ciudad al sur del imperio, se resiste a los embates de la transculturación estadounidense, a fuerza de una identidad envidiable que pudimos disfrutar a través de su gente, encantadora; de su cocina, deliciosa, donde los sabores criollos afroamericanos, latinos y los mariscos, se entremezclan para hacernos delirar, todo, radicalmente opuesto al dispárate deconstructivo de la gastronomía de la famosa comida basura. Besando ambas riveras del Río Mississippi, la ciudad conserva el urbanismo arquitectónico de los tiempos de la colonia, el Barrio Francés y Garden District son un ejemplo de que esos legados victorianos de antaño pueden cohabitar junto a los avasallantes rascacielos. Es un lugar donde se la pasa muy bien, en el que si la vida me deja, volvería otra vez.