A finales de los ochenta el Perú
se encontraba en medio de una campaña presidencial de la que Mario Vargas Llosa
fue protagonista. A través de ese proceso fue que pude escuchar por primera vez
su nombre. No tenía idea que detrás de ese discurso político se encontraba uno
de los más grandes referentes de la narrativa de todos los tiempos. Lo descubrí
en los estantes de mi casa, dentro de los primeros años de mi adolescencia,
mientras buscaba otros horizontes más allá de los del Barco de Vapor. Recuerdo
como ahora el maltratado ejemplar de “La Tía Julia y El Escribidor“ que devoré
sin piedad y cuya buena sensación pese a lo ya pasado conservo en el algún
lugar de mi existencia. Hace poco terminé de leer su último libro, La
Civilización del Espectáculo, un ensayo con el rigor literario propio de un
Premio Nobel, con una crítica llena de controversia pero que desborda
lucidez. Una especie de llamado de
atención al tratamiento que la sociedad de hoy le da a la cultura, donde nos
muestra con sesgo de pesimismo como las banalidades le están arrancando al ser
humano su capacidad de pensar, hasta el punto de idiotizarlo y arrancarle su
sensibilidad. Por un lado es cierto, las
cosas que dice están pasando hoy día tal cual. Sin embargo aunque el retrato
que nos presenta no puede ser más fiel a la realidad, difiero en las conjeturas
que hace de cara a lo que se vendrá, porque a pesar de que muchas cosas se nos
están yendo a la mierda, albergo el pensamiento de que cosas nuevas y buenas le
esperan a la humanidad pese a tanta maraña y estupidez. El de la Civilización del Espectáculo es un
Vargas Llosa abuelito, que nos relata con rabieta su inconformidad a que un
joven de hoy no sepa disfrutar a Joyce ni tampoco pueda apreciar el encanto de
una pintura de Rembrandt.
viernes, 21 de junio de 2013
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