De niño, poniendo mano como de
costumbre en la biblioteca de mi casa, tendría yo unos seis o siete años, me
topé con un libro verde de manuscritos que de repente comencé a hojear. Estaba
lleno de dedicatorias dirigidas con mucho afecto a la niña o a la joven Gloria,
mi madre. Se trataba de su cuaderno de autógrafos, entre los cuales había uno
firmado Rafael Solano, esa fue la primera vez en mi vida que escuché el nombre del
Maestro. Mi pregunta de quién era ese señor fue respondida poniendo Mi Vieja a sonar en su tocadiscos (discos de vinilo, obvio) a Marco Antonio Muñiz cantando
Por Amor. Traigo la anécdota, porque
hace unas cuantas semanas terminé de leer “Música y pensamiento”, libro
entrañable, donde el Maestro comparte con el lector sus influencias
musicales, el transcurrir de su carrera
a través de profundas reflexiones sobre la realidad del músico dominicano a lo
largo de la historia. Nos relata su relación con el piano, amigo inseparable
que desde aquel de juguete, siempre le
acompaña. Todas las páginas son como sentarnos a conversar con un señor
enormemente culto, que nos introduce en una máquina del tiempo, para hablarnos
de música, claro está, pero también de tantos lugares del mundo, sus
costumbres, de historia, de ires y venires, donde también nos reconstruye de
manera sublime su Puerto Plata natal, en los tiempos de su niñez y juventud,
esa de la playa, el parque, la loma, el puerto, donde muchas veces vio llegar
los barcos llenos de hambre en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Esa
ciudad de Prud’Homme, de Lockward, de Llibre, y de tanto talento puesto en
manos del arte y a la cultura dominicana, de esos “sueños de salitre” que hoy se
han vuelto realidad.
jueves, 18 de febrero de 2016
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