El pasado lunes fuimos testigos nuevamente de otro lamentable episodio llevado a cabo por Israel. Otra tragedia más a la que mal acostumbrado nos tiene y que tanta sangre le ha costado a la humanidad. Esta vez la Armada de los hijos preferidos de Yahveh asaltó en aguas internacionales un buque de bandera turca que portaba ayuda humanitaria destinada a mitigar la desgracia que viven los guetos palestinos de Gaza y Cisjordania.
El suceso produjo la muerte de al menos una decena de activistas que formaban parte de la tripulación del navío, casi todos ciudadanos turcos. Estuve leyendo por otro lado que a bordo se encontraban tres cooperantes españoles quienes afortunadamente, aunque heridos, sobrevivieron la masacre. Cabe recordar que al igual que Israel, Turquía es aliado de los Estados Unidos en oriente próximo y esta salvajada pone en riesgo las relaciones geopolíticas de la región y sin duda amenaza la paz del mundo.
Actuar de semejante forma no solamente es atentatorio a todos los principios que rigen el derecho internacional sino que constituye como lo afirma el premier turco Recep Tayyip Erdogan un inhumano terrorismo de Estado.
¿Qué excusas presentarán dar esta vez las autoridades hebreas? Porque como se sabe, no se trataba de un asalto marítimo del Gobierno de Hamás ni de la temida Hezbolá. Mientras eso ocurre, al menos seiscientos activistas que ocupaban el barco serán encarcelados, otros cincuenta han sido repatriados y cuarenta y seís se encuentran hospitalizados. Como si la memoria de Auschwitz-Birkenau se haya esfumado junto con las cenizas de los millones de calcinados en aquellos hornos.
Los organismos internacionales se encuentran reunidos de emergencia para buscar una solución inmediata a la crisis, esa frase no es mía, es un cliché que se repite y se repite en las redacciones de todo el mundo y que se detiene ahí, porque al fin y al cabo Israel es intocable, la protege el gran Poder de Dios.
Cada año se celebran en las más prestigiosas universidades competencias de derecho internacional que sirven de entrenamiento para los futuros juristas y políticos del mundo. Espero que en un futuro no muy lejano esas competencias rindan sus verdaderos frutos y la experiencia vivida no sea para seguir repitiendo discursos poliglotas carentes de soluciones palpables.
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