Aquel 12 de enero de 2010 nadie
lo olvidará, La Española tembló, todos lo sentimos, Haití lloró. La línea
fronteriza que políticamente nos separa se hizo trizas. Nuestros hermanos
occidentales que apenas tenían, se quedaron sin nada. Dos años después inauguran
una universidad, financiada completamente por República Dominicana. Y como
siempre, de este lado, todo lo que tiene que ver con el pueblo haitiano es
llevado al debate. Loores y vilipendios se han escuchado estos días para
los administradores de nuestra cosa pública,
de ahí, donde salieron los treinta millones de dólares que
supuestamente costó la obra. La donación
bien hubiese podido ser a Suiza, nuestros gobernantes siempre nos sorprenden,
pero todo ese dinero puesto en una sola obra de infraestructura me parece más
que una ayuda, un gesto de egoísmo. Un recinto educativo de tales magnitudes no
es prioridad para Haití, cuando todavía medio millón de ciudadanos malvive en
carpas improvisadas despojados de toda dignidad. De este lado, ese dinero, que no nos sobra, aunque somos
solidarios, es el mismo que se nos ha negado para comenzar a desarrollar
nuestra educación. Seguimos reprobando en la asignatura de priorizar, usufructuando
los bienes del estado sólo en ejecución de aquellas obras que aguantan la placa
del gobierno que las hizo. Y después de
todo, una, a ver si da, ni aquí, ni allá será suficiente.
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