viernes, 21 de junio de 2013

Sobre La Civilización del Espectáculo.


A finales de los ochenta el Perú se encontraba en medio de una campaña presidencial de la que Mario Vargas Llosa fue protagonista. A través de ese proceso fue que pude escuchar por primera vez su nombre. No tenía idea que detrás de ese discurso político se encontraba uno de los más grandes referentes de la narrativa de todos los tiempos. Lo descubrí en los estantes de mi casa, dentro de los primeros años de mi adolescencia, mientras buscaba otros horizontes más allá de los del Barco de Vapor. Recuerdo como ahora el maltratado ejemplar de “La Tía Julia y El Escribidor“ que devoré sin piedad y cuya buena sensación pese a lo ya pasado conservo en el algún lugar de mi existencia. Hace poco terminé de leer su último libro, La Civilización del Espectáculo, un ensayo con el rigor literario propio de un Premio Nobel, con una crítica llena de controversia pero que desborda lucidez.  Una especie de llamado de atención al tratamiento que la sociedad de hoy le da a la cultura, donde nos muestra con sesgo de pesimismo como las banalidades le están arrancando al ser humano su capacidad de pensar, hasta el punto de idiotizarlo y arrancarle su sensibilidad. Por un lado es cierto,  las cosas que dice están pasando hoy día tal cual. Sin embargo aunque el retrato que nos presenta no puede ser más fiel a la realidad, difiero en las conjeturas que hace de cara a lo que se vendrá, porque a pesar de que muchas cosas se nos están yendo a la mierda, albergo el pensamiento de que cosas nuevas y buenas le esperan a la humanidad pese a tanta maraña y estupidez.  El de la Civilización del Espectáculo es un Vargas Llosa abuelito, que nos relata con rabieta su inconformidad a que un joven de hoy no sepa disfrutar a Joyce ni tampoco pueda apreciar el encanto de una pintura de Rembrandt. 

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