Escuché hablar de Santiago Gamboa hace cinco años en Paris. Los hermanos colombianos que tuve la dicha de conocer allá, aquel inicio de invierno de 2005 no hacían otra cosa que hablar de la nueva novela de su compatriota escritor. No les niego que en su momento tuve la tentación de leerla, sin embargo preferí escoger otra ocasión para hacerlo, sobre todo cuando hubiese terminado aquel periplo que marcó mi vida para siempre.
Hoy, a casi tres años de mi regreso, un artículo publicado por el escritor en la versión digital del diario español El País titulado “Libros que no acabé de leer” fue el revulsivo que me despertó la motivación para decidir comenzarlo. Pasada la medianoche lo terminé, no sé, pero existe un clímax especial cuando terminamos de leer un libro en las horas de la madrugada, el universo se reduce a un mundo donde sólo habitan al silencio de la noche, la luz de la lámpara, el libro y la más entera versión de uno mismo.
El Síndrome de Ulises convulsionó los índices de melancolía, añoranza y nostalgia que habitan en mi sensibilidad, ese conjunto de sentimientos que la lengua portuguesa resume en una sola palabra, saudade. En sus páginas Gamboa recrea en torno a la tenacidad del estudiante extranjero las diferentes facetas del inmigrante que decide enfrentarse a las peripecias de una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.
París en su versión más oscura, lejos de las pasarelas, los relojes y los caros perfumes que nos vende la globalización actual. Donde el frio te pega, la lluvia te hace caer, donde la condición de inmigrante se paga con esfuerzo y mucho sacrificio, únicos componentes capaces de convertir esa experiencia en un recuerdo agradable a la memoria.
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