jueves, 26 de abril de 2012

Vásquez y el ruído de sus cosas al caer.


Colombia, siempre lo he dicho, es un país con el que, a pesar de nunca haber ido, me unen unos vínculos entrañables. La historia que cuenta Juan Gabriel Vásquez a través de esta novela, me acerca más a este país, tan estigmatizado como encantador. El libro, que mereció el año pasado el Premio Alfaguara, nos lleva a esa Colombia de la década de los setenta, donde comienza el auge del narcotráfico como negocio y al mismo tiempo esa lucha contra las drogas, desde entonces mal enfocada y que le ha costado la vida a miles de colombianos. El autor, a través de una prosa impecable, llena de ritmo y fluidez nos presenta a Bogotá en todo su esplendor, lo que me hizo recordar a grandes amigos y a mi viejo, personas quienes no importa donde vayan, la llevan marcada en la piel. Me fascinó la forma con la que describe el valle del Río Magdalena, con esa precisión  que parece como si nuestros ojos estuvieran allí viendo lo mismo. Además seduce al lector para llevarlo a un paseo por la historia contemporánea, la cual decora con un matiz totalmente diferente al que desde siempre se nos ha tratado de imponer desde el norte. En fin, dos historias de colombianos que se entrelazan en la obra, ambos víctimas de una realidad que no es la de Colombia, o por lo menos no surge por ella. 

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