A mi adorada Nilka le agradezco esa forma particular que tiene de malcriarme. Este diciembre me trajo de España la última obra de Saramago, El Viaje del Elefante. En ella pude ver a un don José diferente, a leguas se nota que escribía con un sentimiento especial, alimentado de esa alegría que aparece inmediatamente después que creamos conciencia que hemos prorrogado el momento de partir. Es una obra revestida de humor, de sátiras, pero sobre todo y a pesar de todo de mucha realidad. Al lado de Salomón, o Solimán y de Subhro o Fritz, cuando la lean me van a entender, renové el amor que le tengo a Italia. Don José me puso a andar de nuevo por el corazón del Veneto y a mi mente vinieron los recuerdos de aquellos hermosos momentos vividos en Padova, Mestre, Venezia, Bolzano, sí señores, recordar también es vivir. Durante leguas y leguas de camino dudé con relación a quien es más payaso si el monarca o el bufón, duda que en estos tiempos por lo que veo, puedo perfectamente mantener. Muchas cosas más, la tozudez de la iglesia y como desde siempre es pretendido comercializar y manipular el tesoro más preciado de nuestros espíritus, la fe. En definitiva, me tocó leer y vivir que “cuando las cosas buenas no suceden por sí mismas en la realidad, la libre imaginación da una ayuda para la composición equilibrada del cuadro”, ejercicio que hoy día me encuentro felizmente disfrutando.
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